8 Enero

Los cuatro caballos

El ser humano es como un auriga, que lleva su cuadriga tirada por cuatro bellos y poderosos caballos. El caballo de más edad es la necesidad, que nos exige que colmemos nuestros instintos como el comer, el beber, el sexo o el apego. Fue el primer caballo que conocimos y que nos guio él solo durante los primeros años de nuestra vida. Un caballo que necesitaba pocas cosas pero que no podía prescindir de ninguna de ellas. Le necesitamos enormemente. Sin él no tira bien del carruaje, el resto andarán perdidos. Es la piedra sobre la que construir el resto. Si él falla, se encontrará deprimido, sin ganas de vivir, y nosotros con él.

Pronto pudo adecuarse al que llegó después, el caballo del deseo, que nace con la voluntad en el seno de la identidad, a los dos años de edad. Nos rige en función de lo que queremos para nosotros. Brotó de un nivel consciente. Cuando nos dimos cuenta que existíamos. Y así, venía a colmar lo que queríamos para nosotros mismos. Un juguete, una comida específica, una camiseta o un deporte. Un caballo que se quiere mucho a sí mismo, a veces un poco impulsivo o incluso narciso. Un caballo muy poderoso, quizás el que más tira del carruaje, pero que necesita de cierta maestría para aprovechar su fuerza.

El tercer caballo apareció hacia los 5 años. Éste no se llevaba tan bien con los dos anteriores pero entendieron que debía formar parte para ayudar a que el segundo caballo, el del deseo, no nos llevara donde él, infantil e impulsivamente nos quisiera llevar. Es el caballo del deber, de las normas sociales. Un jamelgo impuesto por la sociedad, al menos al principio. Nos dijeron que sin él no podíamos circular, así que lo aceptamos a regañadientes aunque poco a poco llegamos a comprender que nos era útil. Quizás no era tan poderoso como el segundo pero sí que sabía hacia dónde ir. Y además, era muy apreciado por el resto de carruajes en el camino, porque nunca invadía otros carriles ni relinchaba. Las normas eran tan de su agrado que a veces podía ser algo obsesivo y rígido.

El cuarto caballo apareció en la adolescencia y es el de las relaciones sociales. NO es impersonal como el otro. Este se sabe los nombres de todo el pueblo y conoce sus historias. Es el que nos hace mirar al otro y al grupo como edificadores de una nueva identidad. El que nos empuja a tratar de complacer al otro para que éste nos acepte. Es un caballo eminentemente social. Se lleva bien con todos y no hace un feo a nadie. A todos cae bien, sobre todo a aquellos carruajes que nos encontramos. No porque no moleste como el anterior sino porque es especialmente atento y afectuoso con todos. Aunque quizás, a veces, tenga demasiado en cuenta lo que quiere el otro para verse aceptado y se olvide de lo que él quiere y necesita. Este es un caballo generoso por naturaleza con los otros tres. El que les cuida cuando duermen. El que les trae agua cuando el sol aprieta. El que les anima cuando el camino es duro. Cuando se pasa puede estar tan pendiente de la imagen que proyecta que puede volverse anoréxico o bulímico o entrar en relaciones de dependencia donde solo el otro es importante. Ninguno de los caballos puede hacer el camino solo. Y los cuatro juntos tampoco. Nos necesitan a nosotros y a nuestras decisiones para llegar a nuestro destino.

El trabajo psicoterapéutico consiste en mirar a los cuatro caballos. Cuidarlos. Conocer su historia y no juzgarlos ni a ellos ni al auriga. Ayudar al auriga a que entienda cómo están. Arreglar alguna de las bridas rotas y hablar de ellas como si fueran libertad y trabajar con el paciente en relación a la capacidad de manejo que no es otra cosa que la autonomía.

Así pues, autonomía, libertad y cuidado, son tres de los aspectos principales de la salud mental.

Fermín Luquin

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on LinkedInShare on Google+

2 respuestas a “Los cuatro caballos”

  1. Santi dice:

    Muy interesante este artículo. Creía que iba a ser una adaptación del mito del Caballo Alado por lo del áuriga tirado por caballos, pero me ha hecho pensar bastante más allá, cosa que os agradezco. Solo una pequeña errata: cuando comentáis lo del “caballo que nace en la adolescencia” decís nuevamente que es el tercer caballo, siendo el cuarto, lo cual me ha despistado en la primera lectura. Un abrazo

  2. Taller de psicología dice:

    Gracias por tu comentario, Santi, y por señalarnos la errata, la hemos corregido.
    Un abrazo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *