7 noviembre

La máscara de gas. Lo que nos salvó ahora nos agobia.

Lo que entonces nos ayudó ahora nos molesta. A veces lo que nos hace daño no son más que soluciones llevadas a cabo más allá del contexto en las que fueron útiles. Me viene ahora a la memoria la historia de esa joven que acudió a terapia buscando ayuda para poder quererse más a ella misma. Para ponerse en un lugar más digno. Una joven con baja autoestima que tendía a relacionarse con los demás de forma dependiente, llegando a veces a establecer relaciones de maltrato. Una chica con el don de poder escudriñar todo lo que el otro necesitaba y de dejarse la vida en satisfacerlo. Una joven que hace un tiempo fue una niña que vivió una infancia marcada por unos padres que no supieron o no pudieron darle ese amor incondicional. Que un día entendió  “estaré cerca de ti si me complaces, sino, me alejaré”. Y así, se adaptó para sentirse querida. Una niña que se supo acurrucar en el lugar que le daban y tiempo después continua “en la misma postura”.

Es como aquella historia de un país que intuyó que la guerra química se avecinaba y que, previsor repartió decenas de miles de máscaras de gas para toda su población consiguiendo terminar la guerra con pocas bajas. Se cuenta que al cabo de los años de haber terminado la contienda un hombre acudió al médico. Se quejaba de graves problemas de respiración que se agravaban con el tiempo y que no remitían de ninguna de las maneras. El médico, tras invitarle a tomar asiento y después de escuchar atentamente toda su exposición  invitó al hombre a quitarse la vieja y oxidada máscara, pudiendo el hombre volver a respirar.

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