3 abril

Identidad adolescente

Todo comportamiento tiene un sentido personal y otro interpersonal. Así, cada acto que realizamos es comunicación. Y si no lo hacemos y nos quedamos quietos también decimos algo. O como dijo Watzlawick, es imposible no comunicar.

Y luego está el concepto del Ser. Sin llegar a ponerme demasiado zen, estará de acuerdo conmigo el lector que el Ser está íntimamente relacionado con el No Ser. No podemos entender el frío sin la noción más o menos clara de calor. No podemos dibujar algo cóncavo sin plasmar algo convexo. No podemos leer estas palabras en negro sin un fondo que hiciera contraste.

Pues lo mismo pasa con la identidad. No podemos existir sin colocarnos en contraste con el otro. O con los otros. Debemos diferenciarnos (generar una diferencia) del grupo para existir individualmente. Por eso el niño de 2 años está todo el día diciendo que NO a los adultos. ¡A veces incluso deseando decir que sí! Pero necesariamente teniendo que diferenciarse para constituirse como un ser autónomo.

Lo mismo pasa con el silencio adolescente, con el desorden y con las notas. Hasta ahora su intimidad era pública, su cuarto era nuestro y nos sacaba buenas o malas notas. Ahora tiene el cuarto desordenado. Y no solo porque es un desastre. También nos está diciendo que ese territorio es suyo. Si lo tuviera ordenado, ese asunto no quedaría claro. Si hablara con nosotros de sus cosas, ya no serían sus cosas. Para que lo sean, necesitan ser secretas. Y las notas tampoco van a ser suyas nunca si no puede hacerlas suyas de verdad y hacer con ellas lo que elija. Un 6 por aquí, un 4 por allá…

Para saber si el coche realmente lo estoy llevando yo tengo que mover el volante de un lado a otro, parecer desatinado, hasta que me doy cuenta de que es mío y no hay nadie más. Solo entonces volveré, si así lo decido, a ir en línea recta.

Pero tranquilos padres, la venganza se sirve en plato frío. Construir la identidad también tiene que ver con poder ver la existencia del otro. Diferenciarse va de la mano de reconocer al otro.  Pensad que cuando uno está muy cerca de algo no lo ve. Necesita alejarse para verlo. Así, cuando uno adquiere derechos de adulto, también adquiere los deberes. Justo en el mismo instante. La mitología nos advierte de eso cuando Adán y Eva deciden hacerse mayores y pensar por ellos mismos, cuando Prometeo roba el fuego a Zeus para dárselo a los hombres o cuando el tío Ben le dice a Peter Parker que “un gran poder, conlleva una gran responsabilidad”. Ellos reclaman libertad y nosotros les enseñamos la otra cara de la moneda. Tu cuarto es tuyo. Haz de él lo que elijas, pero tus calcetines también son tuyos, la ropa de cama no va sola a la lavadora, el fin de semana se come a la hora acordada y la paga semanal y las dádivas económicas están sujetas a tu rendimiento. Nosotros le reconocemos lo suyo y a la vez, exigimos reconocimiento. Lo tuyo es tuyo y lo respeto, lo mío es mío y lo respetas, y lo nuestro es nuestro y nos interesa cuidarlo. Se abren entonces tres esferas de interrelación con tres separaciones más o menos flexibles y permeables que poco a poco van a ir cambiando puesto que todavía nuestro hijo no es del todo adulto. Lo privado tuyo, lo privado mío y lo público nuestro. Cada una con sus reglas propias.

Todo esto no significa que a partir de ahora haga todo lo que quiera. Todavía somos sus padres y depende de nosotros, para su crecimiento personal y su manutención. Todo esto tiene que ver con comprender y con ayudar. Con comprender los procesos psicológicos subyacentes a la oposición y el aislamiento como intentos de ser un individuo único y auténtico y con ayudarle a que pueda entrenar el músculo de la libertad y la responsabilidad. Músculos que le van a servir para remar en su vida adulta, más que un cuarto ordenado o unas buenas notas.

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