12 mayo

Capitán Prozac

Un paciente me contaba el otro día que se sentía como si estuviera en un barco sin control en el que nadie llevaba el timón, guiado por los vientos y las mareas, presa del destino. Luego podíamos ver que se sentía con aquello que muchos denominan depresión.

Y dijo el psiquiatra, probablemente con la mayor de las intenciones, que el paciente no podía tener una depresión al uso puesto que no había perdido el trabajo, ni un ser querido y ni siquiera había tenido una enfermedad terminal. De tal manera que solo podía ser una depresión endógena, vamos, de las que vienen de dentro, de muy adentro, del sustrato biológico y serotonino, al contrario que la exógena que al parecer viene de fuera, como las oscuras golondrinas. Y como se trataba de una endógena en la que todo era biológico y nada existencial, solo podía ser vencida con antidepresivos. Así, como suena. Con esta cabriola lógico-sanitaria quedaban invalidados todos los posibles problemas del paciente, los cuales, habían sido expulsados del territorio del sufrimiento, ya que si no has perdido el trabajo, un brazo o a un ser querido, NO TIENES razones para estar triste. Y si estás triste por haber llegado a una cierta edad sin haber cumplido tus expectativas o si te sientes emocionalmente plano por haber dado todo en la vida y haber recibido poco vas a tener que elegir entre ser un cobarde o estar loco, pero deprimido, lo que se dice deprimido, no puedes estar. El intento benevolente del psiquiatra acaba convirtiéndose en una especie de falta de reconocimiento, ahuyentando las posibilidades de que el paciente se legitime para poder sentirse triste por lo que le da la gana y a la vez, transformándolo en un consumidor crónico de una droga, que ya dicho sea de paso, parece que no acabamos de tener clara su eficacia.

Todo ello crea una suerte de tablas de la verdad, dejando lo subjetivo fuera del terreno de juego y coloca a la persona en un lugar en el cual no puede tener acceso a sus vivencias porque han sido desterradas de una posible explicación de su estado de ánimo. Esto genera una disociación de la experiencia, una alienación con uno mismo. Así, cuando nos sentimos tristes y tratamos de dar una explicación, agarramos el saco gigantesco de la depresión endógena y lo colocamos allí. No afrontamos el problema, nos acariciamos con la pastilla y no con nuestras manos, reclamamos recetas y no derechos, no nos sentimos autores de nuestras vidas sino esclavos de nuestros neurotransmisores y desterramos a la esperanza para dar la bienvenida a la resignación.

Cuando puedes dedicar un tiempo a escuchar lo que el paciente cuenta, puedes advertir que la mayor parte de los estados depresivos (tristeza, apatía, baja valoración de uno mismo, culpa, autocrítica…) tienen que ver con asuntos que significan mucho más de lo que parece. Pérdidas simbólicas, vidas vividas sin tenerse en cuenta a uno mismo, expectativas frustradas, crisis de pareja, nido vacío, miedo a la libertad, dificultades en sentirse en soledad…

Validar la experiencia subjetiva y tratar de comprender todo aquello que uno no sabe genera la posibilidad de hacerse autor de la propia vida, aumenta la capacidad comprensiva y permite a la persona hacerse cargo del timón del barco, sin que nadie ni nada lo haga por él.

Hoy el paciente ha rescatado lo lanzado al mar por inútil, lo ha legitimado, ha atado los cabos, ha conocido y se ha reconocido, se ha dado derechos y está en camino de aprender a amarse no por lo que hace sino por que es. Está pudiendo trazar una ruta, se ha levantado y después de décadas se ha puesto al timón del barco. Cuenta con el viento, las tormentas y la marea pero lo que venga ahora, dependerá sobre todo de él, de nadie y de nada más.

Fermín Luquin

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3 respuestas a “Capitán Prozac”

  1. M. dice:

    Me he sentido muy identificada, y me gusta como has transmitido lo que nos ha pasado a muchos. Gracias por el artículo.

  2. Andrés Adiego dice:

    Hola Fermín,

    Buena reflexión, muy bien ilustrada. Gracias por compartir.

    Abrazo fuerte!

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