14 junio

A la mujer de Carlos III

Año 2006. Primavera. Miércoles por la tarde, a eso de las 6 de un bonito día. He venido de Barcelona, donde estudio el máster, a pasar unos días con familia y amigos. Voy paseando por Carlos III y veo a una madre nerviosa, con bolsas en las manos y una niña de 7 a su vera. Pero la madre no deja de mirar hacia atrás. A lo lejos, veo a una renacuaja de unos 3 años puesta en pie, mirando a su madre desconsolada, llorando y gritando ¡¡mamá, mamá!! Su madre responde también con un buen chorro de voz ¡¡si no quieres venir, pues ahí te quedas!! Cada vez la distancia es mayor y es entonces cuando pienso ¿y si te la roban?, ¿y si le pasa algo? Parece que la madre llega a una conclusión parecida, se acerca a su chiquilla y le agarra del brazo (como diciéndole, anda que te iba yo a dar si no hubiera tanta gente mirando) la sube encima suya (con las bolsas y todo) y se va con ella, primero enfadadas y luego más tranquilas hasta que la niña abraza a la madre como pidiéndole que no se vuelva a ir. Es entonces cuando empiezo a pensar en el apego ansioso de esta niña, en el maltrato de esta mujer ante su hija, ¡un maltrato público, además!, en el doble mensaje que está madre está dando a la niña y en que si algún día soy padre, no haré nada de esto.

Año 2013. Primavera. Miércoles por la tarde, a eso de las 6 de un bonito lluvioso día. Voy caminando por el ensanche con mi hija de casi 2 años. Hace cinco minutos que nos hemos reconciliado. Hoy ya van cinco reconciliaciones por otros 5 enfados. Me duelen los pies de tanto dar vueltas y todavía me/nos queda/n tres horas por delante (calculo que otros dos enfados y otras dos reconciliaciones). Me he dado cuenta que no seré ese padre que llega a casa a las 8 de la tarde y que pone orden con un grito. Que tengo que hacer algo mucho más complicado con lo que mi género no está muy entrenado, y yo, menos. Tengo relativa prisa y mi hija se ha quedado parada por decimonovena vez en los últimos 30 metros. Esta vez creo que la poderosa razón es una caca de paloma. Yo voy tirando –pienso- y ya vendrá. A los metros me doy la vuelta y veo que ella me mira y vuelve a agachar la cabeza. Tiro un poco más, trato de estirar la cuerda a ver hasta donde aguanta hasta que me doy cuenta de que el que no aguanta soy yo. De repente me encuentro a treinta metros gritando a mi hija ¿¡vienes o qué!? ¡vengaaa! Y pienso que dos cosas han debido quedar claras con estos chillos. 1. No soy psicólogo y menos psicólogo de familia y 2. Con ese acento debo ser de la cuenca.

Finalmente me acerco con paso militar hacia mi hija, le agarro del brazo y me la subo a hombros mientras la llevo para casa. No sé qué hubiera pasado con un niño de 7 años y unas cuentas bolsas. Creo que a partir de hoy me encontraré algo más cerca de mis familias en sesión.

Fermín Luquin

Una respuesta a “A la mujer de Carlos III”

  1. Arantza dice:

    Gran reflexión Fermín. Creo que nos ha pasado a todos, especialmente a los que trabajando en esta profesión, creemos que jugamos con un poquito de ventaja a la hora de criar a nuestros peques… Y nada más ilusorio…Jeje… Un abrazo, Arantza.

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